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LAS CLAVES DE UN SIGNO 
LLAMADO HERNANDEZ
(I Parte)


    En La Vega, Cundinamarca, permanecí por etapas. Ahí encontré que había un presentimiento a lo que después iba a hacer.  En La Vega siempre había cambios atmosféricos muy intensos, bellos, que me producirían una gran inquietud. Lo mismo me ocurría con el vapor que se levantaba del piso.  Lo nuestro es a la inversa de lo que sucede con el paisaje europeo: es una transformación inminente de capas superpuestas y maceradas.  Es lo que quiero sentir en mi pintura: durante mucho tiempo la he hecho por capas superpuestas de saturación.  Nada es superficial en el sentido de que yo pudiera trabajar algo sin meditación

 

Con la figuración estaba desarmado  ...

    Cuando me preguntan ¿por qué pinto y en qué momento empecé? no puedo responder.  Es extraño: lo mismo me pasó cuando pintaba figurativo.  No tenía la fortaleza para introducir aquellos elementos simbólicos que debía tener la figura, ni su potencia.  No sabía cómo introducirle a la figuración, un carisma de profundidad política, que dejara huellas.  Yo me veía desarmado, sin saber qué hacer con las manos ni dónde ponerlas.  Me incomodaba la acción de la forma, de la modelo que siempre terminaba pareciendo híbrida. Yo sabía que la figura tiene que estar profundamente introducida en la acción misma de la forma y llevar una gran calidad de temperamento del artista.  De lo contrario, resulta mal manejada y menor.

    Me preguntaba ¿cómo se podía sin necesidad de la figura, de esa depresión dramática de angustia y dolor tener una gran vibración espiritual?  André Lhote en un libro sobre la teoría del paisaje va descubriendo los valores y lo introduce a uno a la abstracción.  Ese libro fue esencial para que yo pudiera romper la relación con la vieja visión de la Escuela de Arte.

    Yo sentí que dentro de lo abstracto era mucho más intenso, mucho más apasionado.  Sentí que el mismo color puede tener una sensación sólida, silenciosa y que muchos factores podían ser revertidos y llevados a otra categoría.

    En la Escuela simplemente creo que fui un buen alumno en un sentido: pintaba y entregaba el modelo que me ponían.  No recuerdo haber hecho nada fuera de esas argumentaciones que me pedían. Cumplía, casi dramáticamente, lo que el profesor siempre indicaba para interpretar la figura humana.  Pero no recuerdo haber hecho algo creativo'

 

En Chile entendí que estaba desfasado  ...

 Para mi fue claro y fundamental el viaje a Chile.  Lo primero que encuentro es una escuela situada en el Parque Forestal de Santiago.  Era una escuela rodeada de jardines que es, prácticamente la copia exacta del Petit Palais de París. En Santiago tenía una presencia inmensa y hoy ya es museo en su totalidad.

En mis tiempos sólo la mitad era una Escuela de Bellas Artes. A mí me impacto sobre manera.  En Colombia la escuela era muy bella pero allá se respiraba una especial libertad basada en el sitio donde estaban los profesores y el diálogo intenso que se podía entablar con ellos.  La apertura iba de la mano de algo que en Colombia se desconocía: en la Escuela de Bellas Artes había secciones de arquitectura, ballet, música. Por ello había una gran dinámica de investigación.  Los profesores tenían sus talleres en la parte superior del edificio y era muy sencillo ir allá a hablar y a ver sus trabajos.  Todos habían estado en Europa, se habían formado y tenían un proceso académico muy abierto, contrario al método de Colombia que era, entonces, supremamente llevado y dirigido.

La tendencia marcadísima en Colombia en esos años provenía de México.  El grupo de profesores, empezando por Gómez Jaramillo y Acuña, se habían formado allí y estaban muy influenciados por el muralismo.  En cambio en Chile había una mayor influencia europea que iba desde el impresionismo hasta el surrealismo pasando por todas las corrientes y movimientos en boga.

Matta empezaba a ser muy importante y se sentía su cercanía en exposiciones que inquietaban muchísimo.  Hubo una gran influencia de Matta en toda esa formación del grupo cercano a la Escuela de Bellas Artes, aun cuando él no participó directamente pero algunas de sus exposiciones dejaron mucha huella.

En la escuela, los profesores insistían en un proceso voluntario, de madurez, de captación, de sensibilidad, de presentimiento.  Ellos creían que tenían un modelo de enseñanza pero consideraban que cada artista debía investigar por su lado.  En Colombia, todo eso le reprochaban a uno.

Para mí fue fundamental estar en esa escuela porque en el mismo museo, instalado en la parte posterior encontré toda una gama impresionante y exquisita de pintura clásica europea de los siglos XVII, XVIII y XIX.  En mi curso éramos 12 alumnos.  Eso me permitió tener una amistad muy intensa con ellos y penetrar más en el ambiente artístico.  Con un grupo de ellos, nos reuníamos en las noches para trabajar y meditar lo que habíamos hecho en el día.

En plena plaza de armas, cerca de la escuela, sacamos un taller que quedaba encima de un café y allí íbamos a trabajar con modelos en un ambiente más intenso y más crítico que el que había conocido en Colombia.  Se discutía sobre las exposiciones que había, los artistas o las tendencias que nos estaban influenciando y lo que queríamos hacer.

Sin embargo, todavía no había entrado yo en la meditación abstracta: estaba simplemente sensibilizándome sobre las variantes que podía hacer con la figuración.

En esos talleres la máxima motivación era trabajar lo que realmente queríamos hacer, por ejemplo, un expresionismo más matérico que no era permitido en la Escuela.  De todas maneras, buscábamos una libertad mayor, una forma de encontrar -en los nuevos trazos de la pintura- la forma de interpretar la no figuración realista y así llegar a otros términos más cercanos a los que uno quería.

Pero en Santiago, a pesar de todo, me mantuve expectante. Yo continuaba en la necesidad de terminar mi escuela.  Mirándolo retrospectivamente, creo que no tenía aún la madurez -tal vez falta de lectura- para ir más lejos.  No obstante, Santiago sembró en mí más de una inquietud.  Allí profundicé lo que venía haciendo.  Prueba de ello es que no hubo un marcado cambio en la obra; más bien creo que me llené de argumentaciones. Tal vez, la Academia me tenía muy atrapado y me dediqué a observara analizar.

Lo que sí empezó a inquietarme fueron las exposiciones de Matta y del argentino Emilio Pettoruti.  El me lleva a un presentimiento dentro de la geometría y por eso lo visité con mucha frecuencia.  Pettoruti había sido alumno o compañero del grupo de Juan Gris quien era amigo de Picasso y Braque.  Sus pinturas eran inventadas.  Pero el hecho de poderlas ver directamente, de analizar sus manejos y sus procesos compositivos me empezó a inquietar.

    Emilio Pettoruti tenía todo hecho en figuras, pero empezaba ya el desgarramiento, el por qué no salir del realismo, la nueva posibilidad de rompimiento entre lo figurativo y lo abstracto. Ahí para mí se abrió una época de esperas intermedias.  Aparecieron Kandinsky y los primeros nexos con Klee.  Eran acercamientos muy elementales pero gracias a ellos seguí dudando de lo que estaba haciendo.

El caso político no me tocó.  No participé en esos movimientos.  En cambio sí asistí a talleres en los que se hablaba de los rompimientos cruciales y de las investigaciones que se estaban haciendo en la parte plástica. Yo sentía más un sentimiento hacia la forma, hacia el color hacia lo que estaba sucediendo en la pintura.  En un comienzo, puse mucho cuidado a los desfases que tenía en la parte formal.  Después me preocupé de la parte conceptual, que fue intensificándose hasta cuestionar lo que entendía por contemporaneidad y el papel del hombre en ese entorno. Empecé a concebir al hombre con otra actitud, con otra manera de vida. Como un desgarramiento total de las creencias familiares, de su entorno, con otras necesidades y otros planteamientos. Ví la crudeza contemporánea; el hombre manejado por sus factores, una sociedad en vía de descomposición y pendiente de otros rumbos menos sensibles a un despegue espiritual. Todo esto empezó a influir en mi pintura pues todo aquello no me trasladaba hacia lo que venía haciendo -un trabajo figurativo, directo y con modelo-, sino hacia una duda sistemática: me dí cuenta de que ese no era el camino que debía seguir.  Esos cambios incidieron en otros.  Por ejemplo, a Picasso lo empiezo a ver, en el plano conceptual, como un rompimiento total.  Ahora, cuando pienso en Chile, pienso en la influencia de Matta, en la fluidez de su dibujo y el carisma de sus gestos que me impresionaban mucho.  En él no había un proceso de localización sino una actitud más emotiva, más personal.

    Con él pensé que se podía trabajar creando su manera y su procedimiento.  Eso para mí fue esencial.  Su gesto me motivó a entender que se podía producir evitando dejarse atrapar por la figuración o por la anécdota que siempre rechacé.  Yo no quería estar detrás de un tema.  Eso fue un cambio profundísimo para mí.

Mi estadía en Chile se inició en 1948 y terminó en 1952.

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