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LAS CLAVES DE UN SIGNO
LLAMADO HERNANDEZ
(II Parte)


En lbagué surgieron mis primeros anticipos  ...

     Casado y con un primer hijo, llegué a lbagué.  Allí tuve una motivación inmensa porque empecé a tener una ligera influencia en el medio.  Una influencia en el sentido de organización de nuevos programas y de conferencias.  Yo invito, por ejemplo, a Marta Traba, a Santiago García, a Marco Ospina... Pero, a su vez, para mi pintura se produce una necesidad de cambio porque empiezo a tener una plenitud en el trabajo y en el espacio que tengo. Se me adjudica un lugar particular, un taller en el que puedo realizar mis investigaciones.  En fin, creo que allí nace la primera manera de entender lo que es la pintura futura; es decir empezar a arañar aquello que me venía inquietando.  Allí hago realidad las primeras argumentaciones que se hacen sobre la figura como complemento, como diálogo.  En lbagué todo ello me pareció en desuso: no era la manera de entregarle al hombre contemporáneo una ubicación. A lbagué llegué en el año 59,después de haber trabajado desde el 56 en la Escuela de Bellas Artes.  Y me voy de allí en el 62.  En ese lapso, encontré todos los argumentos esenciales para producir la obra. Ibagué me permitió no postergar más la angustia que sentía.  Lo abstracto lo pude ver desde la escuela cuando la figura se me volvió fastidiosa. Yo sentía algo que no me correspondía no porque no entendiera la sensibilidad inmensa de los figurativos sino porque quería ver las cosas de otra manera. Yo sentí que tenía que mirar hacia más acá, hacia dentro, interiorizar más aún mis necesidades: entonces descubrí que todo lo que me recordaba lo figurativo ni me nacía ni me interesaba.  En Ibagué, después de ocuparme de la escuela, llegaba a la casa y me encerraba a trabajar. Casi no participaba en la parte social. Ahí tenía un ambiente pragmático. De ahí salió el precedente -unas 18 obras en blanco y negro-de lo que después hice en Roma. Cuando viajé a Roma dejé muchas de ellas. Pero ese es el momento que me da la pauta para romper totalmente con la figuración y seguir lo que yo necesitaba, lo que era lo mío, lo que sentía como válido, lo que hablaba sobre algo que presentía, que tenía que madurar -es verdad- pero que ya estaba ahí. Yo diría que los dibujos en los que se produjo la ruptura los hice en el 60 ó 61.  En ellos estaban claros los primeros anticipas entre forma y figura.  Nunca más dudé -y eso me emociona decirlo- ni hubo intentos de devolverme.

   ¿Qué me ayudó?  El ambiente de libertad que tuve en lbagué pues podía decidir tenía un estudio y podía tener mi familia sin ningún problema.  Entonces podía hacer lo mío, lo que siempre quise hacer y ahora contaba con el presentimiento de lo que debía hacer: mi incredulidad ante la figuración que estaba haciendo y ante los argumentos que estaba proponiendo.

En realidad lo mío empieza cuando me acerco a Pollock, a Tobey.. a la influencia de ese sector contemporáneo de artistas que empieza con otros presentimientos, que corta con el taller y el caballete tradicionales y que cree que la pintura ya no es necesario que sea tocada con el pincel.  Un grupo de artistas que cuestionaron viejos esquemas y aportaron otros tipos de análisis.

En ese momento también entendí que debía salir del país. Tal vez por las exposiciones a las que asistí en Chile o por las informaciones que recibía o por la lectura de las revistas que recibía.  Lo cierto es que en 1962 viajé a Roma pero allí, casi inmediatamente, sentí la necesidad de clarificar aún más mi proceso.  Entonces decidí viajar a Estados Unidos'

 

En Nueva York encontré elementos de apoyo  ...

 En Roma fui a una exposición extraordinaria de Mark Rothko.  Era una muestra monumental en el Museo de Roma compuesta de 32 pinturas que me causaron un impacto definitivo. Rothko me condujo a una situación desconocida: una enorme emoción ante un espacio silente.  Para mí fue fundamental entrar en un recorrido pictórico -basado en un inmenso silencio- y seguir siendo categóricamente emotivo.  Espero que algo de este aprendizaje lo haya podido integrar a mi obra.  Esa exposición llenó todas mis inquietudes en el sentido de presentimiento, de plenitud, de esa gran verdad plástica que andaba buscando.  Ese fue el anticipo rotundo de aquel mundo abstracto en el que deseaba penetrar.

En Rothko me entusiasmó su gran sentido de organización, su proceso, su ambientación y ese sentimiento bidimensional, exquisito, influenciado por un pequeño impulso de romper los bordes y de contradecir un poco la pintura norteamericana.  Con él, en efecto, no se siente la pintura americana de trazo.

Con Rothko siento que el artista puede encontrar la espontaneidad meditada y la fuerza incontenible de argumentos abstractos.  Con él yo inicio tres años de búsqueda hacia una forma porque lo que se ha dado en llamar el Signo Hernández, nace muy posteriormente: hacia 1968.  En Estados Unidos descubro algo que me empieza a gustar.  Una forma de llegar a una identidad paralelamente a todos esos movimientos pues, de pronto, no me ubico solamente en Rothko, Pollock, Motherweil, Tobey, Fontana sino también en Miró, Klee, Kandinsky Es la suma de todos esos presentimientos que me sorprenden, que me inquietan. Todos ellos llegan al tiempo y, a la vez que pesaron en mi evolución, generan un efecto de asentamiento, de creencia que hay un camino cercano que es el fundamental.

Ahí apoyo precisamente lo que ha sido con el signo un acierto, una plenitud, un deseo de continuidad y, cada vez, de mayor precisión y seguridad.

Parece una contradicción lo que te voy a decir, pero no lo es: meses después de haber descubierto profundamente a Rothko en Roma me metí de cabeza en el desarrollo de la pintura en Estados Unidos. Y tal vez por ello no me matriculé en esos movimientos de gran formato, de plenitud bidimensional, de intensa vibración.

  En Estados Unidos me sentí más cercano a mí de lo que hubiera podido imaginar.  Creo que estuvo muy bien haber estado muy poco tiempo en Europa.  En Nueva York estuve apenas un año pero sin embargo fue intenso, dedicado a exposiciones y a seguir el movimiento artístico.  Me tocó ver el nacimiento del pop y pude ir a la gran exposición de Andy Warhol cuyo impacto y expectativa fueron grandes en Nueva York.  Pero no me sacudiá. Tal vez estuvo bien haber visto a Rothko antes y haber estado en contacto con las obras del expresionismo abstracto.  Nueva York me produjo una gran confianza en lo que estaba haciendo.  En ese lapso me encuentro con obras tan categóricas como las de Franz Kiine, Robert Motherweil o Clifford Still que entraban, y de qué manera, en el proceso espiritual y conceptual de lo que yo pretendía hacer.  En la misma línea estaban Ad Reinhardt y Barnett Newman: todos ellos sobradamente me apoyaban en lo que quería hacer.  De todos ellos hubo una gran exposición, con sus antecedentes, que me permitió contemplar sus obras intensamente.

Yo creo que fue el año más productivo en mi proceso, no en obras pero sí en meditación, en estar presente permanentemente viendo, saturándome de todas esas propuestas, comparando, analizando.  No produje entonces sino algunos dibujos y permanecí mucho tiempo en silencio.  Después de haber visto aquella pintura, quedé impactado, a la expectativa.  Era entendible: acababa de ver unos caminos definitivos que señalaban posibilidades pero, desde luego, no eran las mías.  Un Pollock, un de Kooning eran maravillosos pero no me veía rodeado de esa fuerza y de esos estallidos.  Lo mío era más moderado, más tranquilo, era otro proceso.

De Motherwell deseché el rompimientos¡ rasgado, el botar la pinturas, estallido.  No me interesaba salpicar, como tampoco me interesó el gesto mínima, de Tobey en esos grandes espacios. Entonces fui sintiendo que mi pintura necesitaba una gran zona sin rompimientos y sin esa pintura mínima, tipo Newman.  Con todo esto volví a acercarme a Rothko.  En él había una capa sobrepuesta, vibrante; en los otros encontraba unos planteamientos muy secos, muy precisos, muy analíticos.  Con esa meditación empecé a trabajar en mi pintura pero aún no encontraba cómo entregar un borde abierto pero con una meditación serena y absolutamente contrapuesta.

La misma técnica, basada en el óleo, no me daba la seguridad que yo quería.  Esa parte no la había estudiado en ese año en Nueva York.  La parte teórica tampoco la profundicé.  Leía artículos sobre lo que se hacía pero no libros de reflexión.  En ese sentido, lo mío fue más un sentimiento inmediato de reafirmar la decisión de permanecer, de estar con mayor pasión de lo que había iniciado, la seguridad de estar en el camino indicado.  Creo que lo angustioso para un artista es no saber dónde apoyarse.  En Nueva York encontré fundamentos de apoyo, esencias para continuar trabajando en el camino de la abstracción.  Así mi aprendizaje se dió en una forma muy rápida, inmediata. Y después descubrí que las sutilezas dan madurez, plenitud en el trabajo, voluntad de decisión y entereza en la depuración.

 

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