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LAS CLAVES DE UN
SIGNO
LLAMADO HERNANDEZ
(III
Parte)
Y el signo Hernández terminó
atrapándome
Yo creo que el signo apareció
porque empecé a buscar, ante todo, un análisis de presencia.
Es decir, elementos que para mí eran fundamentales.
No tenía ya la naturaleza como referencia: tenía que retomar elementos
simbólicos, aunque lo que me interesaba era la pintura.
Entonces empecé a conformar ciertos equilibrios de forma que podían
significar de acuerdo a sus contornos. De
esa forma se fueron constituyendo, durante dos años por lo menos, una serie de
argumentos con gran celeridad. Hubo
cambios, muchos cambios, en ese proceso de valores, de proporción, de
contornos, de tamaños, de equilibrios, de puntos de apoyo
Fui sintiendo que mi pintura
tenía que ir situándose en una posición donde yo sintiera con más propiedad
unas formas dadas en el espacio. Para
ello, fui buscando argumentos: lo primero fue colocar sobre el papel elementos
que me eran más afines, elementos asentados en formas alargadas o circulares
que fui integrando de manera que ellas se fueran tocando, aislando, rechazando.
Creo que fue de esta manera,
sin una meditación expresa, que llegué al signo. Enseguida, por la forma de colocar la materia, los bordes se
fueron abriendo y eso me produjo una reflexión sobre el contorno, la superficie
y las direccionales que se conjugaban, siempre de manera reiterada, en la misma
forma.
En ese punto, también encontré
verticales con posibilidades de cierto equilibrio, de cierto balance que dieron
nacimiento a formas que fui superponiendo o apoyando en óvalos.
Para mí el óvalo es fundamental como apoyo en mi pintura.
Creo que ahí nace una meditación muy clara que es la significación
entre el óvalo armónico y el rectángulo. Como lo es el cuadrado al círculo.
En cada borde, en cada
contorno, en cada direccional, en cada línea diagonal, en cada contraluz, busqué
la posibilidad de ir conformando un lenguaje.
Lo que me dije es que ante el
expresionismo abstracto, yo no tenía más que dar. Nada ante la velocidad, la seguridad del gesto, la exquisitez
del planteamiento. Entonces empecé a no querer solamente dar la pincelada
inmediata sino, por el contrario, evidenciar la capa superpuesta, dejar el borde
del contorno, pensar en los brillos exteriores, y sobre todo, en la estructura.
Lo mío, me dije, se apoyaría en la inquietud, el silencio, el balance y
el equilibrio. Se apoyaría también
en la quietud en un siglo en el que la velocidad es agobiadora.¿Has notado que
una de las características del hombre contemporáneo es la meditación?
Así se fue decantando ese
inmenso inventario que llegó a sumar una montaña de papeles.
Así llegué a simplificar al máximo los puntos que más me emocionaban
y encontré que había algunas formas, más cercanas a lo que yo buscaba y las
fui dejando.
La clave fue seguir pintando
hasta sentir que había algunos logros que estaban suficientemente apoyados.
Estos surgieron en dibujos o en trabajos hechos muy rápidamente, muy
sintéticos, en los cuales voy atrapando direccionales, apoyos, sensaciones, vacíos,
bordes ... Gracias al acrílico -que me da una mayor seguridad en el trazo
porque seca con mucha rapidez- puedo encontrar esa simbiosis entre lo rígido y
lo abierto y acercarme a la forma del signo.
Este no emergió en una fecha precisaba¡ menos no lo recuerdo así.
Pero sí creo que uno de los eventos que me dió mayor seguridad y me
permitió seguir avanzando fue la Bienal de Medellín en 1969: había en ellas
un jurado internacional muy sólido y el hecho que me otorguen el premio me
tranquilizó y volcó a una serie de personas hacia mi obra; lo cual me permitió
ganar avales y así seguir trabajando con seguridad.
A partir de esa bienal,
el signo se consolidó. Pero un
signo que es abierto, que evoluciona y se diversifica en un marco de una enorme
sutileza. Es lo que he visto en la
gran pintura que toma una serie de elementos muy categóricos y en vez de
negarlos, los enriquece. Creo que la argumentación del signo es muy amplia, muy
extensa. Tiene muchos puntos de apoyo y muchas direccionales tanto a nivel plástico,
como conceptual y espiritual. En un comienzo no deseé que mi pintura fuera
estallido o rompimiento .Había una consistencia para que ese signo quedara
quieto, para que no tuviera los bordes rotos.
En cada esquina, en cada borde necesitaba contrariarle para poderío
afirmar. Ese signo fue y sigue
siendo un inventario de contradicciones y afirmaciones en proceso.
Ese signo terminó atrapándome.
Creo que era necesario que así fuera para poder desmenuzarlo.
Las primeras críticas se refirieron a su monotonía. Yo las deseché
porque si lo descubres, lo enriqueces, lo profundizas, lo haces evolucionar.
En algunas críticas se
llegó a un simplismo extremo: hablaron de mí, como de un pintor resumiendo su
abecedario o su nombre. Fueron críticas
crudas y primarias. No se veía
como una figura contemporánea, con meditaciones profundas. Pero en la universidad donde enseñé tantos años, había
mucha gente, estudiantes sobre todo que presintieron lo mío y apoyaron la obra:
en ella, veían argumentos contemporáneos para la construcción de otras obras.
En los eventos
internacionales también se oyeron frases totales de captación.
Los críticos empezaron a presentir que eso tenía una consistencia, ángulos
para comprender, para pensar que son muchos los puntos de apoyo que me interesan
y que se desarrollan en la obra. Eso
me permitió consolidarme y recibir invitaciones a museos y galerías'
Guste o no mi pintura, yo la
hago porque la siento
No sé por
qué nos han acercado a los latinos simplemente a la superficialidad.
Creo que el latino tiene por elemento propio, un querer meditar, un
querer profundizar pues es inquieto, es permanente.
Por eso creo que la reiteración del signo lo lleva a uno a pequeños
logros pero muy esenciales de descargas emotivas que llenan una propuesta
interior. Ahora, la obra misma
tiene que producir un signo diferente todos los días.
De ahí que yo lo concibo como una familia, como elementos que se van
ampliando; los unos van creando a los otros.
Es como una red que va ganando terreno, que se modifica ella misma.
Para mí los apoyos del negro, el blanco, los elementos circulares, el
color.. van creando esa serie de remembranza, de nuevas formas. He querido que
la tónica sea elemental. He buscado al interior de pequeñas evoluciones en la
materia Creo que mi pintura ha sido
muy conservadora pero me ha interesado mantener los mismos elementos y no pasar
a una deriva puramente conceptual, que respeto mucho, pero no es lo mío.
Mi obra sí es mínimal o se acerca a lo minimal. Al final, en la época
de mayor madurez, estoy tratando de ver lo máximo con el mínimo.
Es una lucha categórica que significa suprimir elementos tonales, apoyos
... En el fondo, estoy tratando de dar la mayor emoción con el mínimo de
elementos,
Mi época barroca, como tú la
llamas, sí fue entre el 60 y el 70.Siento que en esa década mi problema fue
acercarme a muchos artistas que me apasionaban y que me arrastraban mientras yo
no lograba solidificar mi camino. Entonces
fui haciendo una introspección, una meditación y me dí cuenta que mi
temperamento me llevaba más a interiorizar, a pensar con muy pocos elementos.
Me di cuenta entonces que, a
pesar de que me apasiona el barroquismo, prefiero que otros lo hagan.
No sentí que era lo mío, es un territorio en el que no me siento muy
bien ubicado.
Ahora hasta mis colores se están
limitando: son pocos y sobrios. Su
gama es más cruda, más precisa. El
blanco y el negro se apoyan en una paleta mínima.
Por eso utilizo casi un color de base y dos o tres muy esquemáticos.
No quiero que el color se disperse en todo el contenido de mi obra. De lo contrario alteraría su quietud y su silencio.
El verde, lo encuentro exuberante, exquisito.
Pero es muy lúdico y por ello trato de no ponerlo nunca.
A mí no me deja trabajar el verde.
Prefiero el blanco, el negro, el azul, el rosa, el rojo ligeramente
apagado... Lo que busco ante todo es apoyar al contenido: sugerir dramas, viajar
al interior, poner en suspenso. Pero
el color debe ser ante todo, la parte categórica de la totalidad del cuadro. A mí me apasiona el negro, lo he buscado intensamente porque
me apasiona un Velásquez y creo que él es un pintor negro. Creo que aquí lo
nuestro tiene mucho de blanco y negro, tal vez por el contraluz, por el sol
tremendo del trópico que produce una sombra profunda, un eje vertical que nada
tiene que ver con las estaciones en Europa que implican un gozo estético del
color. El trópico es dramático y
como tal es blanco y es negro. A mí
me encantaría ser un pintor negro porque creo que la fuerza del sitio donde está
lo obliga a tener sus características.
En mi pintura siempre he
buscado factores permanentes. No
puedo desdoblarme. He querido ser
consecuente con mi temperamento, por eso he vivido enconchado, como la tortuga,
que vive protegida. Me he querido escapar de todo, salvo de la pintura.
He tenido la posibilidad de ver mucha pintura en buena parte de los
museos del mundo y lo mío ha sido una reflexión desde la pintura.
Ni siquiera desde la teoría que se ha hecho a su alrededor. Me he
sustentado en la obra, en la observación: eso me ha motivado.
No me he apoyado en la parte teórica
o filosófica, aunque algunos de sus fundamentos me apasionan.
Pero cuando los encuentro sólo los continúo si tienen exclusiva- mente
que ver con la pintura. Lo mismo me sucede con la música. La aprecio en sumo grado, pero no puedo pintar oyéndola.
Me da tal sensación de emoción, que me traba.
¿He arriesgado? Algunos,
viendo mi obra, creen que no. Yo creo que sí.
En esa obra hay aciertos y hay errores.
Es inevitable que así sea en el camino de la abstracción.
Esta exige voluntad para seleccionar, para suprimir, para comparar y
analizar.
La obra es un permanente
riesgo a la larga, incluso dentro de esa línea quieta y silenciosa como es la mía.
Ha habido una evolución tremenda, llena de angustia.
Cada borde martiriza, cada señalamiento inquieta, cada línea es una
opción dramática.
Lo mismo hago con los planos.
Yo quiero uno de borde a borde para que el contorno de cada esquina esté en la
mayor posición de vigor: es la única forma de lograrlo,
Lo que pasa es que el artista
siempre tiene una voluntad de ser sincero.
Creo que cuando uno pasa a otros caminos le da terror.
No creo que me esté repitiendo, jamás lo he hecho.
Mi pintura jamás ha sido un hecho mecánico: cerrar los ojos y trazar.
Tampoco he hecho como los extraordinarios artistas surrealistas cuyos
ejercicios siempre he admirado.
Mi trabajo concienzudo y de
investigación se ve en mis dibujos. En
esos pequeños cambios en los que una línea se engrosa o un contorno cambia.
Cada cambio es una versatilidad, una consistencia o una forma que
aparece. Morandi caminó los mismos
terrenos. He debido ser monje pues
la parte social de la vida no me interesa en absoluto.
Incluso en las mismas reuniones familiares, me siento aislado.
Siento prevención a perder fondo con las cosas sociales.
A veces voy a esos actos porque no puedo vivir todo el tiempo de espaldas
a la gente pero regreso rápidamente a lo mío.
Sólo en mi taller me siento a gusto
Decía que debía haber sido
monje o que un monje se esconde en mí. Sí
soy creyente y lo soy desde pequeño. Es
más una costumbre que un sentimiento interno.
A Dios lo veo como un factor esencial, que debe existir en ese gran
misterio que es la vida. He querido que toda mi familia sea muy especial en eso y lo
es. Pero no soy religioso
practicante. Creo que Dios le da a
uno la posibilidad de meterse en lo propio y de profundizarlo.
Eso es una religión: profundizar lo que a uno le dieron.
Por eso lo que más me ha apasionado es la forma pictórica. Todo mi diálogo
ha sido una pasión total con la pintura, confrontarme con la forma.
Para mí lo más fundamental ha sido eso.
Inclusive nunca sé qué responder cuando me preguntan cuál es mi hobby.
No tengo. Mi única y real
vivencia ha sido la pintura.
Guste o no mi pintura, yo la hago porque la siento y eso es lo que todo artista debe hacer.
